03_2012 04_2012 05_2012

2da vuelta: Elegir entre dos males

Política y Economía

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El destino – digamos histórico – ha jugado con nuestro país en las dos últimas elecciones generales.
En ambas, 2006 y 2011, acorraló a la ciudadanía, para que al final, sin remedio y obligatoriamente, se elija entre dos candidatos presidenciales al que represente al mal menor para el país, dejando a ella intuya cuál de ellos representa el mal mayor, de manera que la mayoría se incline por el  primero.  Es la elección histórica entre dos males, como si el Perú estuviera enfermo o como si, políticamente, caminara de mal en peor.
 

 

En ambas, 2006 y 2011, acorraló a la ciudadanía, para que al final, sin remedio y obligatoriamente, se elija entre dos candidatos presidenciales al que represente al mal menor para el país, dejando a ella intuya cuál de ellos representa el mal mayor, de manera que la mayoría se incline por el  primero.  Es la elección histórica entre dos males, como si el Perú estuviera enfermo o como si, políticamente, caminara de mal en peor.

El 2006 quedaron para la segunda vuelta electoral el Comandante Ollanta Humala, en primer lugar, y Alan García, que milagrosamente ocupó el segundo.  Humala, vestido de rojo vivo y agresiva oratoria, propició como programa revolucionario el cambio de la Constitución, mediante Congreso Constituyente, estatizar múltiples  empresas peruanas y extranjeras, revisar tratados  internacionales y otros de inconfundible tinte comunista, que lo llamó socialista, donde a la distancia se percibía el tufo del inspirador venezolano Hugo Chávez.    Se pintó como un serio aspirante a dictador.
Alan García (APRA), venía de haber presidido un desastroso gobierno (1985-1990), con la más alta inflación mundial, una corrupción histórica, acompañada de una desmedida arrogancia  e ineptitud gubernamental.  Dejó la caja fiscal casi en cero.

La ciudadanía quedó limitada a la  opción constitucional de elegir entre estos dos candidatos.  Los que votaron contra ambos en la primera vuelta vivieron entre la aflicción y la congoja.  La opinión pública, callada y sufrida, calificó instintivamente a Ollanta como el mal mayor  por el deseo de liberar al país de una inminente  dictadura y evitar  se convierta en un satélite chavista.  El día de la votación no fue una fiesta  electoral.  Las colas de votantes estaban formadas por taciturnos, tristes y coléricos ciudadanos.  Se producía una claudicación en escala nacional en quienes siendo antiapristas de convicción o no simpatizantes de Alan García se veían obligados a votar por éste, ya que votar en blanco o viciarlo era ventajoso para Humala.  Todo por el Perú.   

Con su triunfo Alan García se encumbró al poder como el mal menor.  Sin embargo, el APRA lo festejó como una hazaña electoral propiamente suya, olvidando que se había conseguido con el mayoritario voto de los antiapristas. Lo cierto  es que quedó evidenciado  que el APRA ya no era el gran elector ni constituía un factor de poder.

En esta ocasión, el drama ciudadano se reedita al pasar a la segunda vuelta Ollanta Humala y Keiko Fujimori.  La situación del país es diferente del 2006 por haber alcanzado fuerte crecimiento y bonanza  económica debido en gran parte  a cuantiosas inversiones empresariales peruanas y extranjeras, de modo que su marcha es a paso firme hacia la morada de países desarrollados.
Humala presentó su programa de gobierno  al JNE, que es casi copia fiel del 2006.  Frente a la reacción pública  adversa y luego del asesoramiento garoto, primeramente optó por cambiar de ropaje.  Dejó a un lado el rojo vivo, herencia de Hugo Chávez, optando para vestir de blanco níveo, como los ángeles, rosario católico incluido en sus manos.  Con un  casi sacerdotal y suave tono de voz, ofreció no estatizar propiedades ajenas y solamente “nacionalizarlas”, respetar los derechos ciudadanos y respecto a su programa de gobierno no poder modificarlo sino consensuarlo.  Se negó firmar el Acuerdo Nacional Democrático.  Dice haber gastado medio millón  de dólares en su campaña electoral mientras que la ONPE indicó que fueron nueve millones.  Explica que esto se debe a que  guardó “pan para mayo”.

De otro lado, Keiko Fujimori,  aparte de pedir disculpas y perdones por los hechos de su padre, que le es políticamente incómodo, se jura demócrata y ofreció respetar la Constitución, las libertades ciudadanas, especialmente la de prensa.  Su programa de gobierno asegura proseguir  con la política económica vigente. Firmó el Proyecto Nacional Democrático.
Ya no cabe a estas alturas efectuar sesudos análisis de los programas, rectificaciones ni promesas de cada cual.  Ahora es cuestión de fe; a quién creer; cuál de ellos dice la verdad y cuál miente y engaña, para así señalar al mal mayor.  Para esto cuentan sus antecedentes y personalidad.
Con estos datos y otros muchos más ya la ciudadanía estará intuyendo que Humala conservaría su calificativo del 2006.

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